
Progresión lenta a 3,399 metros de altura
Confundo el cansancio de un pulmón exigido de más con simple pereza. Es una confusión que me acompaña cada vez que salgo a entrenar antes de que amanezca del todo, en una ciudad como Cusco, que vive a 3,399 metros sobre el nivel del mar y no perdona los descuidos de nadie que entrene calistenia y busque resistencia real. El aire aquí rinde menos de lo que promete el termómetro, y ninguna rutina pensada a nivel del mar avisa de eso antes de la primera dominada del día.
No soy entrenadora ni fisióloga: solo dibujo para vivir y anoto en un cuaderno manchado de grafito por qué mis brazos tiemblan antes de tiempo. Antes de este cuaderno, me inscribí una temporada en un gimnasio que quedaba lejos de casa, y dejé de ir a las tres semanas: la excusa era el frío del trayecto, pero la verdad es que nunca encontré ahí el ritmo que sí encuentro entrenando cerca de donde vivo.

Por qué fallan las rutinas copiadas de nivel del mar
Las semanas de lluvia entre febrero y marzo me encontraron viendo demasiados videos de entrenamiento en la mesa de dibujo. Copiar el volumen exacto de series que veía en pantalla fue mi primer error: entrenar calistenia aquí arriba te agota por falta de aire mucho antes de que el músculo llegue a su límite real de fuerza, y forzar ese volumen solo suma cansancio innecesario. La sobrecarga progresiva de siempre sigue aplicando, solo que aquí avanza mucho más despacio de lo que cualquier tutorial está dispuesto a admitir.
Aprendí a ser más generosa con los descansos: si el video decía un minuto, yo me tomaba tres. Mi vecina Donata, que también ilustra desde su propio departamento, entrena parecido y siempre pregunta cuántas dominadas negativas hice esa semana, más por competir marcas personales que por curiosidad real. Las negativas —bajar despacio en vez de solo colgarme— son lo único que me deja seguir sumando técnica cuando el pulmón ya no acompaña al brazo.

Semana cinco: tres segundos más colgada de la reja helada
Para la quinta semana algo cambió, aunque no lo noté de inmediato. Frente al Mercado de San Pedro, todavía cerrado a esa hora, hay una reja de metal que uso como barra improvisada. Ese día aguanté tres segundos más de dead hang de lo habitual antes de que el frío me venciera los dedos, y solo até cabos al llegar a casa y comparar la nota con la de la semana anterior.
También cuido la muñeca en extensión cuando el metal está tan frío que los dedos no responden igual: prefiero acortar la serie a forzar el agarre. Un sabor metálico en la garganta después de una serie exigida es otra señal que aprendí a respetar sin dramatizar: si aparece, me detengo, y si el pecho se oprime o el mareo no cede, ahí ya no hay cuaderno que valga, hay que hablar con un médico.

Aceptar el estancamiento bajo la lluvia
Hubo semanas de abril en que nada se movió. Pesada, incapaz de sumar una repetición más a mis flexiones, empecé a tratar la falta de avance como una conversación lenta con el corazón y no como una derrota. Forzar el cuerpo cuando el aire no alcanza no suma nada, y esas semanas terminé aceptando algo parecido a un deload sin ponerle ese nombre al principio: bajar el volumen en vez de pelear contra la altura.
Si te encuentras en una situación parecida, quizás te interese lo que escribí sobre qué hacer ante un estancamiento en calistenia tras varios meses. En mi caso, la solución fue bajar la intensidad y cuidar la retracción escapular, que es lo primero que se me olvida cuando el frío entume los hombros, concentrándome en que la siguiente repetición fuera más limpia que la anterior, aunque fuera la única que lograra en diez minutos.
Una mañana clara cargando de vuelta del Mercado de San Pedro
Hace un par de semanas hice la compra completa en el Mercado de San Pedro y volví cargando dos bolsas de red hasta el borde, subiendo toda la cuesta de una sola vez. Meses atrás me habría detenido, cuando menos, dos veces. Las piernas se sintieron sólidas, y la respiración, aunque profunda, se mantuvo rítmica: no fue una victoria de gimnasio, fue una victoria de mercado, de esas que nadie más nota.
Entrenar en altura da una resistencia silenciosa que no se mide en marcas nuevas sino en la cantidad de cosas cotidianas que dejan de costarte el aire. Tomo mucha más agua de la que creía necesitar para compensar la sequedad, y aprendí que no es una carrera contra el reloj: es dosificar la energía para que el último esfuerzo no te deje viendo estrellas.

Reflexiones desde la mesa de dibujo
El invierno está en su punto más crudo y la reja del mercado sigue tan fría que apenas puedo cerrar bien la mano alrededor. Mi trabajo de ilustradora me obliga a pasar horas sentada, así que reparto pequeños momentos de movimiento entre boceto y boceto: una zancada a una sola pierna aquí, esa carga unilateral que reservo para los días en que el aire alcanza para algo más que dominadas, una serie de hollow body allá, sin ceremonia.
Hace poco me escribió Clementina, desde Arequipa, después de leer una entrada de hace unas semanas: entrena en la terraza de su departamento porque nunca ha tenido acceso a un gimnasio, y anota cada sesión en una hoja de cálculo mucho más ordenada que mi cuaderno de grafito. Si estás empezando y te sientes abrumada por la falta de aire, no te compares con nadie: yo misma sigo ajustando mi rutina de calistenia en casa mientras trabajo como ilustradora para que sea sostenible y no me deje agotada para mis entregas.

Lo que sí puedo asegurar sobre entrenar en el altiplano
Si decides entrenar a más de 3,000 metros, esto es lo que anoto siempre en el cuaderno: presta más atención al pulso que al cronómetro, porque si el corazón tarda demasiado en bajar después de una serie, esa serie fue más larga de lo que tu cuerpo podía pagar. La hidratación agresiva importa más de lo que parece: el aire seco de la montaña deshidrata sin avisar, así que conviene beber agua antes de sentir sed, no después.
Como el oxígeno escasea, la técnica se degrada antes de lo que uno cree, así que prioriza la calidad mecánica por encima del volumen: detente antes de que la forma se rompa, no después. Y acepta la lentitud sin pedir disculpas — tus marcas aquí no van a parecerse a las de nivel del mar, y eso está bien: estás construyendo una base que pocos tienen. Si algo me llevo de estas semanas es que la altura no premia la prisa: premia a quien vuelve a intentarlo al día siguiente, aunque la serie anterior haya sido peor que la de la semana pasada.